Green Day arrasó en Vélez

El trío punk californiano Green Day ofreció en la noche de este viernes un demoledor recital en el estadio Vélez Sársfield, donde tocó cerca de una treintena de canciones, fue besado, ovacionado por una cancha repleta, jugó con el público y además de dos horas y media de música, condimentó el encuentro con humor.

Los años no parecen transcurrir para este trío punk oriundo de Berkeley, que está a punto de cruzar las tres décadas de trayectoria reunido bajo el nombre de Green Day, tras dejar en el olvido Sweet Children. En ese sentido, la cita que tuvo el barrio de Liniers con Billie Joe Armstrong (guitarra y voz), Mike Dirnt (bajo) y Tré Cool (batería), en el marco del tour “Revolution Radio”, fue la evidencia.

Las luces se apagaron 20 minutos después de las nueve y los músicos irrumpieron sobre el escenario con “Know your enemy”, una pieza contundente y arrasadora, una de esas con las que sentís que te podés llevar el mundo por delante. Con esa elección, apareció la primera intervención del frontman: eligió a un espectador para que suba al escenario y lo acompañe con la voz principal.

De la multitud enloquecida -que venía acumulando ansiedad tras la sólida presentación de The Interrupters- el eterno y teatral niño Armstrong señaló a un muchacho de remera roja que, además de cantar, se dio el gusto -también- de besarlo y luego, de tirarse sobre el público.

Después de un comienzo como ese, mucho más no se le puede exigir a la banda; sin embargo, el trío encontró la forma de lograr que la cita se torne aún más divertida y que su público, totalmente heterogéneo, estuviera expectante durante la noche.

El recital se mantuvo potente, fuerte, afilado, con explosiones sonoras, disfraces, remeras regaladas desde el escenario y llamas a lo largo de toda la noche. Frente a la banda, el mosh y el pogo, la correspondencia, los coros y la energía que se retroalimentaba a cada minuto. Así siguieron “Bang Bang” y “Revolution Radio”.

De pronto comenzaron a desgranar los acordes de “Letterbomb”, pero no pasaron muchos segundos hasta que el frontman pidiera un segundo y manifestara: “Esto no es una fiesta política, esto es una celebración, es la iglesia del punk rock. ¿Quieren volverse locos? Entonces volvámonos locos”.

En ese mismo instante el estadio se enciende un poco más y grita, eufórico. No había bajado siquiera un decibel desde la primera canción; el público parecía festejar de la misma forma que la hinchada argentina lo hace cuando la selección gana algún partido de relevancia.

La marea canta con él. Canta y suspira en sintonía mientras Armstrong acompaña con la guitarra los acordes de “Boulevard of Broken Dreams”, en el que sería uno de los momentos más tranquilos del recital aunque, incluso, la canción sonase con un cuerpo más salvaje, uno que nunca antes se había escuchado.

También con menos revoluciones, se sumaron, sobre la despedida, las últimas dos canciones del encuentro, “21 Guns” y “Good Riddance”, que el frontman interpretó en formato acústico, sólo con su guitarra.

“Amo Argentina. Ustedes y yo sentimos la música de la misma manera. No más fotos, al diablo con las redes sociales. Nosotros tenemos esto”, enfatizó e invitó a una seguidora a cantar “Longview”. Con una emoción descontrolada, le selló un beso a cada uno de los músicos, cantó la canción y también se dejó caer sobre las almas del campo de Vélez.

La euforia parece ser acumulativa: Green Day solo pisó el país en dos ocasiones anteriores, en 1998, con dos shows en Parque Sarmiento, y en 2010, en Costanera Sur en el marco de un festival Pepsi Music, y, aunque había remeras que sí demostraban haber vivenciado esas fechas, mucha gente se encontraba con la banda por primera vez.

Este trío, que hace dos años es uno de los nombres que habita el Salón de la Fama del Rock And Roll y que está en constante movimiento tanto que, entre sus proyectos y bandas paralelas, también realizó una adaptación teatral de “American Idiot” en Broadway, presentada en la avenida Corrientes el mes pasado, bajo la dirección de Ariel del Mastro.

Y esa, es una gran habilidad que poseen los tres músicos a la hora de relacionarse con los locales, el carisma y el sentido del humor en cada presentación. Se lo pudo ver a Cool bailando con un tutú, a Dirnt revoleando su bajo y a Armstrong teatralizando competencias entre las tribunas y el campo, entre otros juegos, y arengando desde el comienzo, sin respiro, saltando de un extremo del escenario a otro, sin pausa.

Entre la vasta lista de nuevos temas y clásicos, otros de los más celebrados fueron “Hitchin’ a Ride”, “Waiting”, “When I Come Around”, “She”, “Minority”, donde el frontman despuntó el vicio con la armónica, y “Basket Case”, canciones con más de veinte años historia, en un set para que un amplio grupo etario se sienta libre de remontarse a su adolescencia. Cada una de los individuos que fue parte de la noche, tuvo su momento para volver a ser adolescente.

Entre medio de ese bloque de grandes canciones y recuerdos, el terceto homenajeó a Operatión Ivy e interpretó “Knowledge”, aunque luego de descoser las primeras notas, el vocalista observó: “¿Quién puede tocar la guitarra? Todo lo que necesita saber son tres acordes”. Y allí subió Juan, el tercero de la noche, que no sólo tocó junto a ellos, sino también que se fue con la guitarra negra de regalo.

La presentación de se enmarca en la gira de su 12vo disco “Revolution Radio”, con la que el terceto ya recorrió distintos puntos de Estados Unidos, Europa, Oceanía, Brasil -la semana pasada, con cuatro recitales- y que continuará por Chile -el domingo-, Perú, Colombia y México.

Con esta fecha Green Day suma, hasta el momento, 120 conciertos y en la mayoría basada en la misma lista de temas. Sin embargo, más allá de que vienen presentándose ininterrumpidamente hace once meses, la banda encuentra el modo de reinventarse, de que todo suene fresco, con alma, alto voltaje y con profesionalidad.

Previo al trío, que en esta gira también es escoltado por Jason White -a quien ya se considera un miembro más de la banda- en guitarra y Jason Freese -músico de apoyo en conciertos-, The Interrupters pisó fuerte el escenario y regaló cuarenta minutos de punk y 2 tone.

El cuarteto de la costa oeste, que integran Aimee Allen y los hermanos Bivona, Kevin (guitarra), Justin (bajo) y Jesse (batería), repasó sobre sus dos álbumes de estudio, canciones como “By my side”, “You don’t need to run”, “A friend like me” y “Family”, y también tuvo como invitado de lujo a CJ Ramone, que se sumó a la formación para prestarle su voz a “California Sun”.

La banda de la imponente Allen, portadora de una voz resistente, dulce pero -por momentos- también áspera, y de los tres hombres de camisa blanca, tiradores y corbata, supieron de algún modo cultivar seguidores antes de su bautismo musical en Argentina y lo lograron al margen de la promoción.

La banda, apadrinada por Tim Armstrong (Rancid), se mueve entre sonidos contagiosos, el mantra de los británicos de The Specials, la crudeza vocal de Brody Dalle, de los Distillers, asi como también de la procer Joan Jett y el skapunk más bailable, una combinación de elementos sonoros que sobre el escenario cautivó infinitos aplausos y encendió los motores para el demoledor concierto que vendría después.

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