El cine experimental de Ben Russell compite en Mar del Plata

El cineasta estadounidense Ben Rusell, uno de los más importantes y reconocidos realizadores de la escena experimental mundial contemporánea, presentó en la Competencia Oficial del 32do. Festival de Mar del Plata su más reciente película, “Good luck”, un documental etnográfico que invita al trance y la alucinación a través del registro de la vida cotidiana de los obreros de dos minas, una en Serbia y otra en Surinam.

“Good luck” (o “buena suerte”, en español) es lo que los trabajadores de una mina ubicada en Serbia, a unos 400 metros de profundidad, se dicen todos los días cada vez que emprenden el viaje en ascensor que los llevará hacia sus tareas habituales de búsqueda de minerales en lo más hondo de una montaña, y pareciera que Russell dijera lo mismo al espectador al comenzar su película, al enfrentarlo con este viaje sensorial tan especial.

Ese periplo físico y mental que propone Russell a través de las cuevas oscuras y las profundidades abismales en Serbia conduce a la audiencia hasta el otro lado del Atlántico, en el Caribe, pasando de la claustrofobia más extrema al aire libre, cuando el realizador empieza a registrar el trabajo diario de otros operarios, esta vez los que trabajan en una mina a cielo abierto.

“Siento que mi tarea de alguna manera como realizador es producir un tercer sujeto que sería un nosotros, como una conjunción humana entre los protagonistas, la película misma y la audiencia. Me interesa ese círculo de visibilidad por el cual todos somos visibles desde un lugar u otro”, afirmó Russell sobre las motivaciones de su trabajo.

Por primera vez en Mar del Plata, adonde llegó tras presentar algunos de sus más destacados cortos y mediometrajes experimentales en el Palais de Glace de Buenos Aires, Russell explicó que trabaja casi de manera casi individual (en este caso con la única ayuda de un sonidista y un operador de steadicam) con una pequeña cámara de 16 milímetros que le permite ensayar complejos planos secuencias de poco más de 10 minutos de duración cada uno.

“El medio es una elección. Empecé trabajando en video, pero tomo mejores decisiones en fílmico, cuando tengo más limitaciones. Me parece interesante pensar el tiempo como un límite prefijado, ya que el fílmico tiene una duración limitada. Además, con mi cámara de cine puedo filmar y revelar y procesar yo mismo el material. Filmo en negativo y luego hago un transfer a video, para terminar de darle un aspecto adecuado a la imagen en una computadora”, señaló Russell sobre su forma de trabajo.

Tanto en esta como en sus películas anteriores, esas decisiones técnicas le permiten a Russell acercarse a una mínima distancia -tan cercana a veces que parece casi íntima- a las personas reales que retrata, convirtiendo su propio trabajo en una suerte de documental etnográfico sobre diversas culturas y formas de ser y estar en el mundo, pero abordándolo desde una investigación muy profunda sobre el tiempo y la imagen.

“Soy un artista, no soy un antropólogo, por lo cual no tengo que creer en una verdad específica. Ni siquiera en la objetividad de mis imágenes. Una de las cosas que me interesan más como ser humano es poder mirar a alguien sin ser mirado”, admitió el cineasta y advirtió que “al mismo tiempo eso genera una relación de poder un poco fraudulenta entre quien manipula la cámara y aquel que está delante de ella”.

En ese sentido, Russell afirmó: “En muchas de mis películas trabajo con gente que ya conocía y con muchos de los cuales me reencontré en otros de mis filmes, varios años después. Ese conocimiento previo me permite el acceso a su cultura de una manera más directa”.

“Mi interés principal es hacer algo sobre el tiempo presente. Algunas de mis películas proponen que las cosas son más circulares de lo que nos imaginamos. Mi interés en la etnografía no es descriptivo ni didáctico, es empático, fenomenológico y emocional. Es una suerte de resistencia a esa posición más ligada a lo informativo, porque pondera la proximidad de los cuerpos -del que registra y quien es registrado- para poder acercarse a otras formas de vida”, añadió el realizador.

Russell es consciente de que no le interesa “entrar en contacto con la realidad y el mundo objetivamente, sino con esta pantalla cinematográfica, que hace las veces y crea la ilusión de ese mundo. Mis recursos son, algunas veces, maneras o trucos para cambiar el modo en el que el público ve el mundo en el que vivimos”.

En relación al complejo trabajo sonoro en “Good luck” y sus anteriores películas, el cineasta estadounidense -que vivió muchos años en Surinam- destacó que “cada película tiene un proceso y una aproximación diferentes. Pienso más imágenes que en sonidos. Pero descubrí cómo el sonido actúa en los cuerpos y produce sensaciones muy profundas, casi como si estuvieran en un trance lisérgico”.

“En otras de mis películas el sonido y las imágenes van juntas y se separan de maneras inesperadas, manteniendo o perdiendo la sincronía. El sonido adquiere así una posibilidad elástica y expansiva para ser trabajado. Además, me interesa mucho la música experimental y el género noise en relación a cómo exploran ciertas fronteras relacionadas al sonido”, indicó Russell.

Y agregó: “Creo en el cine, creo en el tiempo, creo en la transformación. El cine muestra lo que no puede ser mostrado, quizás el dolor, el amor y todo aquello que suele ser efímero. Pero yo no busco sólo mostrarlo, sino producirlo. Creo que estas películas no son lo que muestran, sino que espero que activen y generen otras cosas”.

“Seguro que el proceso de hacerlas me genera eso a mi mismo. Me permite alejarme de mi lado de turista observador y me permite preguntarme cosas, investigar y preguntar”, concluyó.

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