Becerra y esa sublime pasión de escribir

Un viaje por distintas ciudades europeas para acuñar archivos y testimonios sobre el escritor Julio Cortázar desencadena en el protagonista de «¡Felicidades!», la nueva novela de Juan José Becerra, un cataclismo existencial que lo lleva a reexaminar su vida matrimonial, sus vínculos laborales y su relación con el autor de «Rayuela».

Andrés Guerrero es un experto en literatura convocado por el Museo Nacional de Bellas Artes para construir el guión curatorial de una muestra dedicada a Cortázar, trabajo que acepta con el único cometido de financiar la compra de un auto nuevo.

Así de corrosiva arranca la nueva novela del autor de «El artista más grande del mundo» y «El espectáculo del tiempo», un recorrido descarnado por la deriva personal de este hombre fuera de control que cambia su tramposa estabilidad por una vida como homeless en Nueva York.

«¡Felicidades!» (Seix Barral) describe por un lado la experiencia de un narrador que desarma y resignifica su antigua fascinación por Cortázar, devenida casi desprecio en el presente, y por el otro el recorrido de un hombre que acusa recibo de la brecha que lo separa de su juventud, y que ve en la inesperada relación furtiva con la hija de uno de sus mejores amigos la posibilidad de recuperar por última vez ese deseo desbocado.

-¿No poder leer a Cortázar en los mismos términos que la primera vez funciona para el protagonista de la novela como una metáfora sobre la imposibilidad de recuperar la juventud?

-Nadie entra dos veces al mismo libro. Algo de eso le pasa al protagonista de «¡Felicidades!» cuando lee a Cortázar treinta años después de haberlo leído por primera vez. El lector que leyó a Cortázar en su juventud murió, como murió el hombre que amaba a una mujer que ahora no sabe si ama. Si tuviese que apostar una ficha por el sentido de lo que hace ese personaje lo haría en favor de esta idea: el tiempo es un elemento que empuja todas las experiencias hacia una situación de crisis. De hecho el protagonista está en una crisis y, como sabemos, todas las crisis son masivas. Imagino la dinámica de la crisis como la de un viento sobre un castillo de naipes.

-¿No hay algo de ingratitud en esa forma tan impiadosa que tiene el protagonista de situarse hoy frente a Cortázar?

-Quizás esté ajustando cuentas con «Rayuela», un libro que en la juventud lo ilusionó con la posibilidad de un tipo de vida que no tiene nada que envidiarle a una obra de arte. Pero es evidente que ese reproche está mal orientado, como el de las personas que manejan mal y le echan la culpa al auto. Cualquiera que haya leído «Rayuela» en su juventud sabe el tipo de fiebre que produce. Una fiebre vitalista, improductiva, arbitraria, gratuita.

Lo que le dice «Rayuela» a los jóvenes lectores es ¡vivan!. Es un gran mensaje político. Creo que lo que le pasa al protagonista de «¡Felicidades!» es que se da cuenta de que ha desobedecido ese mandato que añora, lo que lo hace desembocar en el rencor, y el rencor casi nunca da en el blanco.

-«Felicidades!» da cuenta también de una corporalidad potente ¿Por qué esta centralidad del cuerpo aparece escamoteada en la literatura argentina excepto cuando se narra la violencia?

-Sin cuerpo no hay narración. Es el agente de todas las dinámicas narrativas. Sin cuerpo no hay amor, no hay sexo, no hay violencia, no hay drama. La literatura argentina que invoca la violencia, una tradición con la que simpatizo sin sentirme obligado a obedecerla, quizás se haya desatendido un poco de las cuestiones que vinculan el cuerpo con asuntos del placer. Digamos que la literatura argentina ha estado más dispuesta al goce, desde Hernández hasta Osvado Lamborghini. El sexo puesto en la frecuencia del placer sería una zona blanda de esa tradición que tiene un mambo muy cerrado con la política.

-Los nexos entre memoria y lenguaje son frecuentes en el libro ¿Cómo interviene la literatura en esa suerte de «profanación» que implica la acción del lenguaje sobre la memoria?

-Puede ser que la literatura sea una fuerza conservacionista. Sobre todo si vemos, como puede probarse todos los días, que los hechos son especies en extinción. Lo que veo en la literatura es una desesperación restauradora que cautiva a escritores y lectores por igual. ¿Cuál sería el pacto de la ficción con sus lectores? Hagamos de cuenta que esto, de lo que estamos hablando, todavía no desapareció. Lo que hace la literatura es reordenar la experiencia, invertir sus jerarquías interiores, modificar escalas. ¿Cómo puede ser que un instante de enamoramiento sea eterno en el recuerdo? La literatura existe para avalar esas desproporciones.

-¿El amor se presenta para Andrés como un gesto narcisista en el que intenta recuperar algo de sí mismo?

-El protagonista está envuelto en una pasión, y la pasión es ilegible para el que la experimenta. En algún momento describe la situación como la de las limaduras de hierro atraídas por el imán. Al margen de la atracción, creo que lo más importante de esa analogía es que siente que puede reunir sus elementos dispersos en una ilusión de identidad.

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