Drexler, ese trovador que siempre vuelve

El músico y compositor Jorge Drexler ofreció el primero de cuatro recitales de “Silente”, en un repleto Teatro Gran Rex de la Ciudad de Buenos Aires, donde para goce del público propuso celebrar su obra en solitario apelando a una puesta sonora y escénica minimalista con pasajes de fascinantes contrastes.

Y aunque el artista uruguayo de recientes 55 años y radicado hace casi un cuarto de siglo en España se presenta sin banda, “Silente” escapó rotundamente a la noción del trovador aferrado a su guitarra y sus canciones en plan austero y testimonial.

Envuelto en una delicada atmósfera de contraluces y de diversos planos sonoros de guitarras, pedaleras, máquinas de ritmo y voces, el músico dio cuenta de lo más romántico de su universo de una manera absolutamente propia y original que remitió al ingenioso andar de cerca de tres décadas por la canción de autor.

Sobre un ámbito aparentemente despojado pero donde cada elemento jugó su rol en el relato, Drexler mostró los rincones de una obra de enorme influencia en la canción iberoamericana en unas versiones a la vez simple y complejas que la audiencia -mayoritariamente femenina- saludó y agradeció.

Esa deconstrucción de sus canciones a partir de un concepto de “menos es más” que remitió a los modos de su admirado compatriota Fernando Cabrera, ratificó que la noble materia prima del repertorio soporta esas audacias y respira feliz en una puesta de alto contenido estético.

En abril pasado, antes de ofrecer un recital gratuito en la apertura de la Feria del Libro que marcó su anterior paso por Buenos Aires, el creador le había dicho que “no hay nada peor en el arte que el piloto automático. No me gusta esa idea museística del arte; en cambio tengo una enorme fe en el presente y en el presente del público y siento que si lo llevás a otros lugares, el público te acompaña”.

Y esa declaración de principios se cumple acabadamente en lo que propone “Silente” donde las canciones son el emergente de un dispositivo con esenciales aportes de sonido (a cargo de su productor Carlos “Campi” Campon), luces (Andrés Conesa) y escenografía (Maxi Gilbert).

Desde las 21.10 y tras la apertura a cargo del Dúo La Loba (dupla ibérico argentina integrada por Guadalupe Alvarez Luchía y Javier Zarember Calequi), el anfitrión salió sin alardes y acompañándose con una caja de fósforos, entonó “Transporte” (del disco “Eco”, de 2004, del que luego también tomó “Deseo”, “Guitarra y vos”, “Salvapantallas” y “Todo se transforma”).

Pasando de un par de guitarras eléctricas a una criolla pero fundamentalmente trajinando un espacio de paneles traslúcidos capaces de contraluces sutilmente climáticos o de escogidas proyecciones, Drexler protagonizó un cuento con momentos de excepción.

Algunos de ellos correspondieron a las visitas a tres piezas de “12 segundos de oscuridad” (álbum de 2006) como la postal globalizadora de “Disneylandia”, “La vida es más compleja de lo que parece” y “Soledad”.

Viajes hacia más atrás con su primera canción “La aparecida” (que puede escucharse en “Radar”, su placa de 1994) o “La edad del cielo” (de “Frontera”, 1999), convivieron en la trama -por ejemplo- con siete de su último material “Salvavidas de hielo”, de 2017, entre ellos la aclamada “Asilo”.

“Gracias por aguantarse estas versiones curiosas”, comentó sin ocultar la alegría por el resultado del experimento capaz de otorgarle otra dimensión a sus creaciones.

Un tanto por fuera de ese esquema de relojería, tributó a Joao Gilberto con “Chega de saudade” en modo milonga, hizo “Sea” “a la memoria de la ‘Negra’ Sosa” (que la registró en “Cantora”) y con “A la sombra del Ceibal” (tema que cedió al Plan por el que el Estado uruguayo da desde 2008 una computadora portátil a alumnos de la escuela pública) proclamó que “la escuela pública es el verdadero río de luz”.

Una hora y media después del inicio y compartiendo con La Loba y fuera de programa “Me haces bien”, Drexler cerró el inicio de la serie porteña de “Silente”.

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